27 mayo 2009

Marwan en Ítaca 20.05.09

Aquella noche del día 20 de mayo en Ítaca no cabía un alfiler (de hecho más de uno se quedo fuera porque el aforo estaba completo). Me sorprendió que mi ciudad respondiera así, un miércoles…

Tengo las horas mezcladas. Aún no tengo claro cuando acabó el miércoles y empezó el jueves. Cuando me escapé de la oficina antes de tiempo para poder llegar y reservar mesa para 8. Cuando comentaba con Lore* las canciones que nos apetecía escuchar o cuando tarareábamos en directo las que finalmente fueron elegidas.

No sé si aquel post it donde pedíamos Gigante o Damien Rice llegó al listado de canciones de Marwan para esa noche o se quedó en la mesa, entre cervezas, cámaras de fotos y sonrisas. No sé qué es lo que mi memoria selectiva hace que se quede en mis recuerdos, y qué lo que de verdad pasa.... Por una vez, no voy a contaros qué cantó, prefiero hablar de cómo nos emocionó.

A nadie que haya visto alguna vez un concierto de Marwan le pasa desapercibido ese carisma que derrocha, sí carisma, o estrella o un don para transmitir algo más que música. Y es que contagia energía, pasión por hacer y disfrutar de lo que te gusta... Como siempre, llegó con sus botas desabrochadas, con su guitarra entre los brazos, con una sonrisa, agradeciendo que estuviéramos allí. Y ese miércoles, desde la primera canción, desde ese buenas noches de rigor antes de empezar a cantar, tenía a las 100 personas que había en Ítaca –y porque no hay aforo para más-, a sus pies, cómplices de aquella noche.

Porque esta vez, no hicieron falta un par de canciones para ganarse al público, no hicieron falta ni dos chistes o anécdotas de las suyas para captar nuestra atención, y casi nuestro silencio... Esta vez -como decía, no sé si es cosa mía o pasó como lo cuento- desde que cruzó entre las mesas para subirse al escenario, nos tenía ganados.
Desde las sillas, entre el público, me sorprendió ver ese efecto en mis acompañantes, que llegaron un poco a tientas sin saber mucho más que lo que me han escuchado contarles, y salieron convencidos de que ese chico es un verdadero artesano de la música y de las emociones, que ir a escucharlo en concierto, es un auténtico espectáculo, es un derroche de arte. Se emocionaron, se rieron, saltaron, bailaron, cantaron hasta sin saberse las letras…

Y sobre todo, fue espectacular ver una sonrisa tan grande en la cara de Marwan, desde que subió al escenario hasta que se despidió, y cómo ni siquiera la apagó cuando uno de los altavoces intentaba cortarle la voz.

Nunca había visto una sonrisa tan grande y con tanta luz en la cara de Marwan. Una sonrisa que hablaba de ilusión y alegria... Que entonaba felicidad.